sábado, febrero 09, 2008

La cara menos visible de la adopción



SAN SEBASTIÁN. DV. Dicen que los niños adoptados empiezan su nueva vida con una mochila, en la que cargan con historias muchas veces dramáticas, de abandono, maltrato y, sobre todo, falta de afecto. El peso de ese doloroso equipaje marca no sólo sus primeros meses en el orfanato, sino el resto de su infancia, adolescencia y probablemente, toda su vida. Por eso, la adaptación entre el menor y su familia adoptiva no siempre resulta sencilla. Las asociaciones de familias y las propias instituciones vuelcan ahora sus esfuerzos en prevenir y preparar a los padres para «la verdadera adopción», la que se inicia después de superar el papeleo inical, cuando el niño aterriza en su nuevo entorno y se forja una nueva vida familiar.
Nada de situaciones idílicas ni de actos heroicos. La tarea de ser padres, siempre compleja, se complica aún más en los casos de hijos adoptados. «No se trata de ser mejores o peores padres. Compartimos las mismas vivencias que con los hijos biológicos, pero hay ciertas tareas y procesos que los demás desconocen y que son propios de la adopción», explica Rosa Barrio, madre adoptiva y representante de la asociación UmeAlaia, con más de 150 familias en Gipuzkoa. Rosa, a quien acompaña en la conversación Xabier Calvillo, que también es padre adoptivo, quiere lanzar un mensaje «realista» sobre lo que significa la acogida de un menor: «Los padres tienen que prepararse para la adopción, que siempre tiene que ser una decisión muy meditada. Siempre hablamos de adopción como una acto que realizamos los adultos, cuando a su vez, son los niños los que también nos tienen que adoptar. Y eso a veces cuesta».
Ayuda para «cicatrizar»
Carme Vilaginés, psicoterapeuta y autora del libro L'altra cara de l'adopció (La otra cara de la adopción), se ha tropezado en más de una ocasión con situaciones profundamente desarraigadas, por lo que siempre recomienda un asesoramiento especializado, bien desde la consulta de un profesional o bien desde el apoyo que ofrecen las instituciones. Los problemas pueden manifestarse de muy diferentes formas: fracaso escolar, hiperactividad, enfrentamientos continuos con los padres... «Mientras el niño está en el orfanato, donde no dispone de las figuras paternas, los sentimientos de desarraigo quedan encapsulados en su interior. Sólo cuando encuentra una familia afloran a la superficie», describe la psicoterapeuta.
La gestión de la historia previa del menor es fundamental para «cicatrizar» esas heridas emocionales. «Tarde o temprano, todos los niños hacen preguntas sobre su origen. Otra cosa es que las preguntas que hacen los padres las entendamos como tal, porque a veces son señales encubiertas. Intentamos ser hábiles en esa tarea. Hay que responderles con total naturalidad, sin mentiras. Ocultarles su pasado no tiene ningún sentido», aseguran Rosa y Xabier. El olvido, añaden, no resuelve los problemas, sino que los agrava y deja imborrables secuelas hasta el punto de desembocar en un conflicto dramático, con el peor final deseado.
El fracaso
No se habla de ellas, pero las adopciones fallidas existen, aunque son las menos. Varios estudios cifran en un 1% los niños que viven el drama de un segundo abandono. En Gipuzkoa, sólo se ha dado un caso, por los problemas irreversibles de convivencia entre la madre y la hija, afirman desde Diputación. Durante el año pasado, otras diez familias fueron atendidas en el servicio de seguimiento postadoptivo ante las dificultades surgidas en la adaptación del menor al nuevo contexto familiar. «El mensaje de que 'con amor se puede todo' no vale siempre. Hay muchas familias adoptivas que lo pasan muy mal y en silencio», cuenta Vilaginés.
Para allanar el camino, aún quedan retos pendientes. Por ejemplo, en la escuela. «Cuando les preguntan por el primer diente que se les cayó, o les cuentan cómo estaban en la tripita de su madre. En general, el sistema educativo no se ha adaptado», recrimina Cristina Villar, de Anichi. También hace falta un protocolo pediátrico con parámetros específicos para los niños; un apoyo continuado desde las instituciones y, sobre todo, un cambio de la imagen social que se tiene de la adopción. «A mí me hace gracia -revela Cristina- cuando me preguntan por la calle si mis hijas son hermanas. Sí, son hermanas. '¿Pero de verdad?', me insisten. Sí, son hermanas de verdad».

Publicado en Diario Vasco (diariovasco.com)