martes, enero 12, 2010

A propósito de los dichos de Vargas Llosa

No hay duda alguna: el consumo abusivo de drogas constituye una epidemia. Una plaga que debilita económicamente a las sociedades. Porque generando la producción y distribución hay un emporio de grandes fuerzas (que ya John Millar llamó el Imperio subterráneo) que se constituye con grandes fuerzas, equipadas, formadas, preparadas. Y del otro lado solo improvisación, buena voluntad y no aprovechamiento de las experiencias registradas. En general no se busca encargar la lucha a los más capaces. Salvo en algunos programas excepcionales. Y esto ocurre porque no se entiende en forma integral el tema. Con sus raíces comerciales, su capacidad de creación de ilusiones, de estimulación de circuitos orgánicos de placer y de satisfacción de presión de pares.

La Argentina capacitó en la década del 80 a los profesionales y técnicos que veinte años después ocuparían puestos directivos en las organizaciones de lucha contra las drogas de América latina: Guatemala, Perú, Colombia, Méjico, Costa Rica, Venezuela, etc.

Perdió esa capacidad cuando - por iniciativa de Alberto Lestelle - se suspendió un proyecto de la ONU gestionado por el CeIS de Roma que estableció en nuestro país una Escuela de Formación única en su género, que dirigió Andrea de Dominici.

Desde entonces se intentó retomar la posta en la UNQUI con el apoyo del Rector Julio Villar donde de 1994 al 2004 se formaron Operadores Socioterapéuticos, líderes comunitarios, docentes y profesionales. Pero esto se interrumpió cuando la Federación de ONGs que había asumido el proceso, abandonó el proyecto y se ocupó de generar cursos insignificantes de bajo nivel. Se perdió el significativo apoyo que consistía en un Diploma respaldado por una Universidad Nacional. Que no es igual a dar unas clases en una Universidad.

Por su parte el cambio de rumbo de la Secretaría Provincial y de la SEDRONAR que habían motorizado estos planes suspendió los apoyos financieros así como interrumpió la formación de docentes en la Universidad de La Matanza que convocaba a 400 personas.

En ambos casos se renunció a una estrategia de formación de recursos de alto nivel sustituyéndola por una mera gestión gremial buscadora de subsidios. Las ONGs renunciaron al asesoramiento obtenido ante el Ministerio de Salud y a un asesoramiento de calidad continuamente solicitada por las autoridades, que nos había concedido representación ante organismos internacionales. Creyeron bastarse a sí mismas. Pero la realidad nos enfrenta con la competencia del campo de la psiquiatría que reclama para sí esta terapéutica, aún cuando no sabe cómo ejercerla. El modo en que Proyecto Hombre en España, Uomo en Italia y los mejores programas del mundo como es el caso de Daytop en los EE.UU. han abordado el tema es con una capacitación incesante y una calidad de servicios de primer nivel.

Lo que es indudable es que la lucha por el control del consumo de drogas por parte de la población retrocede y el abuso avanza. Hoy las víctimas se cuentan en sumas superiores a las registradas nunca antes, ¿Qué es lo que permite afirmar a tanto supuesto erudito (que conoce el campo de mentas solamente) que en general procede de campos diversos al de la salud pública, que con la legalización se producirá un equilibrio y una eventual reducción del uso de drogas?

Lo único que podría reducirse es el consumo contestatario basado en la oposición a una norma restrictiva. Pero como lo que existe, certificado por los que concurren a los boliches, por los curas villeros en su terreno y por quien se ocupe del tema, es una tolerancia social excesiva, el aumento posible no debería ser un por ciento significativo.

En cambio una sociedad dañada por su idealización del abuso de drogas, que hace de esta práctica un hábito, y que tal vez encuentra en los precios crecientes un cierto motivo de restricción, encontraría una salida. Al abrirse el juego con la presunta legalización, digamos parafraseando a Eduardo Amadeo: el incremento sería explosivo e incontrolable.

No habría que reducir la prevención que estaría más en demanda por el aumento de la población afectada, y por su parte los tratamientos, ya exiguos respecto a la demanda, se verían desbordados en exceso.

Pero más allá de las estadísticas estaríamos rindiéndonos ante el delito organizado en forma internacional. El negocio no sería abandonado por quienes hoy lo manejan, los que simplemente podrían dejar de esconderse y podrían acceder a los niveles más respetables de la vida académica, de la política, de la cultura, de la vida empresaria.

Hagamos respetable el negocio siguiendo la lógica más pura del capitalismo explotativo: rinde más impuestos, es lo que sostenían los economistas de Chicago.

Ante nosotros nuestros hijos podrían destruirse legalmente. Estarían dentro de la Ley. Ni Orwell imaginó algo más definitivamente fatal para una sociedad. Resignemos la libertad, que significa también conocer el derecho a una vida sana, y conformaremos a aquellos a quienes preocupa la corrupción.

Luchando contra la corrupción no nos quedará nada por salvar. Ya las villas nos enseñan lo que ocurre cuando se despenaliza el consumo y éste cuela por los resquicios de la vida y aporta destrucción, deterioro, desgaste y poca vida.

Dr. Wilbur Ricardo Grimson