sábado, febrero 20, 2010

Mauricio Goldenberg y su gesta psiquiátrica



En la historia de la psiquiatría el asilo surge como una defensa social que comparten la mayor parte de las culturas conocidas. Al privilegiar esta función no promueve tanto los esfuerzos de la terapéutica como el mantenimiento de la segregación. De ahí que la ciencia de los fenómenos de la mente haya mantenido hasta fines del siglo XIX y aún avanzado el siguiente, una actitud de observación pasiva de los fenómenos. La ruptura que significa la aparición del psicoanálisis implica una transformación de una epistemología de la observación de fenómenos por una de interacción entre observador y objeto observado. De aquí deriva la fundación de la subjetividad personal. Y la generación de las ciencias de la conducta que se acomodan en el seno de la salud mental.


Como joven psiquiatra de 40 años Goldenberg dejó prácticamente el Hospicio y se instaló en el Policlínico de Lanús. Inauguró así una psiquiatría dinámica que practicó la asistencia ambulatoria que era externa a los muros del Hospicio. Realizó esto además de internaciones breves al abrir el Servicio de Psiquiatría que obtuvo por concurso hace 50 años.


Al instalarse en el Policlínico de Lanús convocó a una generación de jóvenes profesionales que buscaba poder dar otra respuesta a las necesidades de atención del campo psiquiátrico. Lo mismo se venía realizando desde la Segunda Guerra Mundial en Francia, Inglaterra y los EE.UU. Por esa época se difundió el libro de Ken Kessey que daría lugar a la película “Atrapado sin salida” de amplia difusión. Por su parte las ciencias sociales recibían el aporte de Irving Goffman que fue el fruto de haberse internado voluntariamente en un asilo.


La concepción que guió a Goldenberg implica que la mayoría de los enfermos mentales pueden beneficiarse con tratamientos de duración transitoria y que son curables. Lo contrario de lo que por esa época sostenía la práctica de los Hospicios con promedios de internación de 10 años.


El mensaje era atractivo y planteaba la posibilidad de obtener beneficio para los pacientes de los avances conceptuales de la época en las terapias grupales, el psicodrama, los aportes de la farmacología, los avances en comunidades terapéuticas, y la proyección hacia la comunidad. Goldenberg le dio lugar a todas estas modalidades en un equipo rico, diverso, y creativo que él condujo insuflando su capacidad de gestión y su extraordinaria capacidad docente. Sus clases daban por el suelo con el argumento que se opone a las clases magistrales demostrando su posible riqueza.


A su lado nuestro aprendizaje era cotidiano y permanente. Podía darse en un pasillo o respondiendo a una consulta. Para dirimir un diagnóstico o para indicar un camino terapéutico. No solo recibíamos información sino que podíamos observar su intensa empatía con el padecimiento de pacientes de todo tipo. Insuflaba en todo el equipo y en los pacientes optimismo terapéutico.


Mientras avanzamos en el ejercicio de nuestras capacidades prestábamos atención a las eventualidades que rodeaban su ascenso en la carrera docente universitaria en la UBA, que le fue bloqueada injustamente cuando merecía la titularidad por Concurso de la Cátedra de Psiquiatría. La arbitrariedad de estas acciones forma parte bochornosa de nuestra Historia de la Psiquiatría y junto a situaciones políticas especiales llevaron al alejamiento de Goldenberg hacia el extranjero.


Cuando en 1983 Raúl Alfonsín le ofreció dirigir la Salud Mental en el país asesoró al Ministerio de Salud posibilitando que la Dirección de Salud mental fuera ocupada por personas de su confianza. Él había hecho lo suyo. Lanús se multiplicó a lo largo y ancho del país como ejemplo de una posibilidad de trasladar la asistencia psiquiátrica a los Hospitales Generales. También creó en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires diversos Centros de Salud Mental que son unidades integrales más vinculadas a las necesidades de su vecindario.


Como todo gran hombre debe ser medido por lo que hizo y por lo que hizo hacer. Apadrinó proyectos de investigación porque era conciente de la necesidad de una epidemiología que diera cuenta de la proporción de las enfermedades. Estuvo vinculado al origen de la Carrera de Psicología como José Bleger y David Liberman. Formó gente que ocupó cargos en la gestión pública nacional e internacional. Su accionar tuvo una amplia repercusión en la Oficina Panamericana de la Salud que le encomendó el Seminario de Salud Mental de las Américas en 1965 y luego lo nombró asesor para Venezuela y el Caribe.


Hoy podemos recordar, como lo hicimos al imponer su nombre al Servicio de Psiquiatría que él creó, su generosidad, su hombría de bien, su capacidad, su coherencia, su tolerancia a la adversidad, su modesto ejercicio de su talento. Su luminosidad nos guía y compromete nuestras vidas.


Wilbur Ricardo Grimson