domingo, enero 18, 2015

Identidad: otra mirada, otros sentimientos

Clarín Sociedad17/01/15

A los 40 años, una tía me contó que era adoptado

Mundos íntimos. ¿Mis padres habrán pensado que los iba a querer menos?
Desde 1969, cuando era bebé, fue criado como propio por un matrimonio
que no podía tener hijos. El tema se mantuvo en secreto, pero con los
padres ya fallecidos, se lo develaron. Su mundo trastabilló, siguió pistas de
su familia biológica que luego se esfumaron. Tiene una hija y se da cuenta
de que es la primera vez que está con alguien que se le parece.












Con su hija. El nacimiento de la nena lo hizo pensar sobre lo que significa compartir la sangre y 
sobre el vínculo que se construye día a día. (Germán García Adrasti)


Gustavo Di Pace. Escritor.



Recuerdo las masas secas, el juego de té de porcelana, el mantel bordado,
blanquísimo y, enmarcándolo todo, aquella música nueva y sorprendente en
la voz de mi tía que contaba su versión del asunto. Lo hizo con suspenso,
con belleza, con alivio.
Ese domingo, de repente y sin esperarlo, me enteraba de que no compartía
la sangre con mi familia. Del otro lado de la mesa, mi mujer lloraba, con
ese llanto lindo tan diferente al de la tristeza. Yo me quedé mudo, la miraba
a ella, luego la miraba a mi tía. No puede ser, me dije. No puede ser, me
repetí. Si tengo la sonrisa de mi viejo, el mismo dedo pulgar; y mi cara,
la forma redondeada, los pómulos altos, son los de mi vieja. Vamos, la tía
debe haber delirado o, como buena europea, se tomó un whisky con la
excusa del frío. El corazón se me salía del pecho. Enseguida mi mujer
comenzó a reírse mientras lagrimeaba, todo al mismo tiempo, ante las
acotaciones de aquella polaca que intentaba atenuar la bomba que había
tirado con un: “Pero tenés que estar contento, sos hijo de un médico”.
Yo no sabía si reírme o gritar mi desesperación. Sí sabía que mi viejo
había sido zapatero, músico, amante de la pesca y que, de médico, no
tenía un pelo. Apenas pude darle un beso a mi tía. Un abismo se abría
entre nosotros. Incluso la miré a los ojos como queriendo comprobar
que aquel relato había sido una más de sus historias de siempre. Pero…
esa comprobación no llegó, y sí su cara serena, relajada, porque “el
pacto” ya no tenía razón de ser. Sí, hubo un pacto, la promesa de
silencio para con su hermana, mi mamá. Un acuerdo secreto para que
yo siguiera siendo yo. Pero en ese momento, a mis 40 años –hace ya
cinco– mi tía agregó: “Ahora que tu mamá ya no está, pude contártelo,
no quería llevarme este secreto a la tumba”.
Abrumado, recuerdo que al llegar a casa fui hasta el placard donde
guardaba el álbum con las fotos familiares. Ahí estaba yo otra vez
en mi bautismo frente a la jarra de agua consagrada, ahí estaba yo
en una calesita de la República de los Niños, en mi comunión,
disfrazado de zorro. Y en casi todas las fotos, en casi todos esos
viejos momentos, estaban ellos, siempre sonrientes, siempre felices,
y por fin, padres. Obviamente, pese a lo que había querido creer, yo
no era parecido a ellos; mi tía no había delirado ni el whisky era
culpable de nada. Sorpresa, enojo, agradecimiento, frustración …
mi estado de ánimo iba por el carril de una empinada montaña rusa.
Así se venía la vida: todavía estaba reponiéndome de la partida de
mi madre, hacía ya un año (mi viejo lo había hecho cuando yo era
un chico y él tenía los años que tengo ahora); aún sufría la
desintegración del mundo de los dos al vender la casa cuando, por
si fuera poco, me llegaba esta “buena nueva”.
Ahí, ahí estaba la respuesta a mis preguntas de tantos años acerca
de por qué mis padres habían tardado tanto en buscarme (yo había
nacido en el 69 y ellos se habían casado a mitad de los años cincuenta).
Los problemas de concepción a los cuales mi madre había aludido
tantas veces en realidad no se habían resuelto. Ninguna cirugía había
sido efectiva. Me habían mentido, otra vez. Al final mis viejos
solucionaron el asunto recurriendo a la adopción. Y el adoptado,
claro, era yo. Sí, el hijo de italianos de Calabria que lloraba de risa
cuando contaba chistes y puteaba de lo lindo cuando perdía el Rojo,
y la polaca dura, compañera, cuyos tácitos te quiero se revelaban
al lavarnos la ropa o prepararnos un pierogi ruskie, se habían puesto
de acuerdo para que yo no me enterase de mi origen.
Pronto comencé con las averiguaciones, con llamados a otros
“familiares” y amigos, con las visitas a mi antiguo barrio y, sobre
todo, con los llantos escondidos en mitad de la noche. Todos
confirmaron la veracidad del relato, incluso una de las mejores
amigas de mi madre que, al principio, soltó un “no es así” lleno de lealtad.
Desde entonces, me llegaban diversas versiones acerca de mi historia.
Una decía que mi madre era una joven descendiente de alemanes
de Misiones y que había venido a Buenos Aires para trabajar en
una casa de familia. Otra decía que tenía un hermano. Y con cada
dato que obtenía, yo temblaba como una hoja.
Recuerdo que llegué a tener, anotado en un papelito minúsculo
el teléfono de alguien que supuestamente había conocido a ese
hermano mío. Marqué el número y sudé como si hubiese corrido
una maratón. Parece que ese hermano me había buscado durante
años y, al no encontrarme, se había ido al Paraguay. “Te consigo
el teléfono” me prometió mi interlocutor.
Después de ese llamado, el tiempo comenzó a derretirse, mi historia
se rasgaba, cedía ante el peso de una verdad inimaginable. Extrañamente
(o no) ese papelito minúsculo se perdió. Busqué y busqué pero no hubo
caso. Me sentía confundido, y no dejaba de preguntarme qué habría
pasado si me hubiese encontrado con ese hermano, cómo sería tener
enfrente a alguien de mi sangre. Después me llegó la versión de que
esa chica rubia que me había parido, y que ahora tendría alrededor de
65 años, había muerto. Cuando escuché aquella aseveración sentí que
se abría un tajo dentro de mí, y pensé que ya no tenía sentido preguntarme
si era mi madre cada mujer rubia de esa edad con la que me cruzaba
en el subte o en la calle.
Me sentía el protagonista de la película The Truman Show. Todas las
certezas acerca de lo que había sido mi vida se derrumbaban. Había
crecido en medio de un gran ocultamiento. ¿Por qué mis viejos no
me lo habían dicho? ¿Pensaron que no los iba a querer más? ¿Se mudaron
de barrio porque temían que volviesen por mí? Las preguntas se sucedían
una tras otra, sin tregua. Cada mañana me despertaba con un “¿cómo no
me di cuenta antes?”, “¿es una traidora mi tía?”, “¿cómo pudieron mis
viejos guardar ese secreto?”. De a ratos, confieso, quería disculparlos
pensando que era una costumbre errada pero usual en la época (yo jamás
adoptaría de esa forma). De a ratos, nada de disculpas: sentía bronca por
ese procedimiento mal hecho que ahora me atravesaba la vida. Todo habría
sido más fácil si lo hubiera sabido.
Como sea, y avasallado por mi historia, meticulosamente construida, algo
por debajo, un rencor, un bicho subterráneo, comenzó a socavarme. Una
noche no pude terminar un cuento que estaba escribiendo. Otra vez, olvidé
comprar entradas para el recital de AC/DC. Y aún recuerdo el reproche de
mi mujer: ya no íbamos a comer pastas los sábados por la noche.
Desde aquella confesión de mi tía, no podía concentrarme, estaba tomado
por ese descubrimiento que le daba una patada en el culo a todo lo que yo
era o había creído que era. Un pasado misterioso me boicoteaba el presente.
Y ahora, esos desconocidos que tenían mi sangre llegaban a mi vida como
fantasmas: ¿me habían buscado o no? ¿y si mi madre está viva? ¿y si los
encuentro y me rechazan? ¿y si creen que busco algo más que mis raíces?
¿y si no son buenas personas? ¿y si están todos muertos? El miedo a saber
más se me hizo carne. Poco después llegó el insomnio, y tuve nostalgia de
mi vida antes de aquel domingo, cuando todo era, o parecía, claro. Un sinfín
de sentimientos me inmovilizaba, porque ahora no sólo mis cuentos no
podían terminar, sino que tampoco podían nacer; aquella búsqueda de la
verdad iba contra mis palabras, las amortajaba y las enterraba en un pozo.
No estaba siendo feliz, me enojaba cuando alguien me preguntaba sobre el
asunto. Sentí una culpa enorme, quizás porque de algún modo hurgar en
ese pasado misterioso era como ir contra el deseo de mis viejos, porque tal
vez yo les traicionase el cariño.
Padres tiernos, nobles, mentirosos.
¡Basta!, le dije al espejo del baño, del living y del pasillo. Dejé de hablar
del asunto, mis amigos se miraban cómplices, y mi mujer no decía nada.
Aunque esperaba una palabra de aliento de su parte, ella optaba por no
meterse. Una noche la sorprendí mirándome extrañada, como preguntándose
quién era realmente yo. ¿Qué podía contestarle? ¿Qué es la verdad, entonces?
¿Qué es la identidad y cómo se construye?, fueron las nuevas preguntas.
No hay leyes para estas cuestiones, pensé. Traté de saber qué deseaba. La
respuesta no me sorprendió. Mis búsquedas habían respondido más a la
curiosidad, a mi ego herido, que a la necesidad de encontrar la “verdad”.
Más que escarbar en mi pasado quería construir mi presente, mi futuro.
Ese era mi deseo. Escribir sobre el asunto me llevó a la conclusión de
que yo era el mismo de siempre, y lo seguiría siendo más allá de lo que
pudiese averiguar.
Mi decisión personal y, de algún modo, mi decisión artística, fue entonces
quedarme sin respuestas a todas las preguntas que surgían. Dejé de buscar a
los de mi sangre. Estaba harto de sentir miedo por lo que podría descubrir,
estaba cansado de ir contra el deseo de aquel zapatero y aquella polaca que
aún me miraban contentos desde las fotos del álbum del placard.
Un día, jugábamos con mi mujer al Scrabble. De repente, nos miramos.
Las palabras “hijos”, “padres” y otras similares se armaban a cada
jugada. Ahora seamos papás, le dije, y nos abrazamos y desparramamos
todas las fichas. Ya veremos qué hago con mi pasado, agregué riendo
y lagrimeando.
¿Quién soy, entonces?
Soy mi biblioteca con los libros de Bradbury, de Arlt, de Bukowski;
soy mis discos de Iron Maiden, Los Beatles, y el grito eterno de Kurt
Cobain; soy todos mis fracasos y mis pequeñas esperanzas, soy mi hija
de casi tres años a quien dediqué mi último libro (y sí, por suerte fuimos
papás).
Cuando la miro me llega, como reflector poderosísimo, la idea de que ella
es la primera persona de mi sangre que conozco. A su vez, asisto a la
convivencia de dos sentimientos que parecen opuestos: por un lado me
maravillo ante la fuerza de la sangre; y por otro, me doy cuenta de que lo
más importante es el vínculo que construyo con ella, alimentado cuando
la baño, la peino, la llevo al jardín, regado como se riega una planta, día a
día, como en su momento hicieron mis padres conmigo.
Por todo esto dejé de buscar. Decidí no ir contra el misterio, opté por
llenarlo de palabras. Siempre me llevé mejor con la ficción que con la
realidad. Qué haré el día de mañana, no lo sé. Sé que esto lo puedo decir
porque, sea por la razón que haya sido, a mí me entregaron. Mis padres no
quisieron o no pudieron hacerse cargo de mí. Es diferente a otros casos,
como los de los hijos de desaparecidos de mediados de los años 70 a quienes 
sus padres jamás pensaron en entregar o abandonar: se los robaron. Allí, la
búsqueda del origen me parece imprescindible. En mi caso, tan distinto,
hago míos a los que siempre lo fueron, hago mía esta historia de origen
incierto. Ahora, adopto yo.

* Gustavo Di Pace:

Escritor, ha publicado los libros de cuentos “Los patios interiores” “Mi yo
multiplicado” y “El chico del ataúd”. Antes de convertirse en escritor tuvo
varias ocupaciones: fue vendedor de zapatos, lavacopas, administrativo,
músico de rock y director de un banco de imágenes. Pasó también por la
Facultad de Filosofía y Letras, hasta que un profesor de Teoría y Análisis
Literario le dijo “si querés escribir, ahí está la puerta”, en el sentido de que la
Universidad no forma escritores. Cuando tiene un rato libre, no abandona
los libros. Uno de sus gustos secretos es pasar horas en “librerías de viejo”.